La sierra florece como jamás lo había echo. El sol golpea en las rocas y las hace relucir con un color azulado precioso. La hija de los Jefferson está jugando con su perro, un pastor belga muy pequeñio, mientras el animal le mordisquea el pantalón en sus saltos.
Giro la cabeza y veo el campo, las flores, los caballos, la gran catarata formada por la primavera, y su cristalina agua, que me invita a zambullirme en su espesa cercanía.
Hace tiempo que el lago está repleto de agua, y de vida, atrayendo a todo el pueblo a sus aguas, creando una algarabía que no suelo ver. Quizás algún día el pueblo crezca alrededor de la catarata y el lago, haciéndolos parte viva del lugar. Sería algo precioso y digno de ver, yo llevo años proponiéndolo.
Me pregunto si es verdad que ese agua cura enfermedades como dicen en el pueblo, o solo es un invento producto del aburrimiento.
Ahora recuerdo por qué estoy aquí, parado, sin pensar en nada. Miro abajo y veo la tumba de mi mujer, que me ha petrificado durante tres días sin permitirme moverme y terminando esta carta, me despido, pues prefiero el suicidio que seguir aquí esperando. A ella, el agua no consiguió curarla, a mi me hará ir con ella.
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