sábado, 10 de diciembre de 2011

Misa y protocolo

He decidido volver a los orígenes porque hay un par de temas que quisiera tocar. Hoy os contaré una historia, verídica, por supuesto, pero con mis detalles y mis verdades, que quizás no son tal.

Recientemente asistí a una misa que se realiza un año después de que alguien muera, y para no decir quien es pues es personal, a esta persona la llamaremos Zacarías.

Pongámonos ya en situación imaginándonos en una iglesia pequeña, de pueblo, que cuesta construirla cuatro veces más que vuestra casa y tiene 200 metros cuadrados habitables más. Esperando al cura no puedo evitar ver que las 20 o 25 personas que aun sin conocer al difunto han acudido a misa, superan en su totalidad los 60 años. Esto hace preguntarme si haré yo lo mismo, y me agarraré a un Dios que vive en la Iglesia, y no acepte mi muerte y mi vida tal como es, pero ese es otro capítulo.

Al rato de entrar en la Iglesia y tomar asiento, hizo su aparición el cura, un joven de unos treinta años treméndamente rechoncho y con colorados carrillos cual tomate. Desde luego si hizo voto de pobreza la comida no entraba en el voto. Si él pasara hambre alimentábamos tres sin techo, o cuatro si le quitamos también el vino.

El caso es que la misa comenzó normal, cuando de pronto el cura se sienta, o mejor dicho se repanchinga, esconde la cabeza y cierra los ojos. No me lo podía creer, me tiré yo 15 años intentando hacer eso en clase y nunca me dejaron. Y llega el máquina y lo hace ante ochenta personas. Si este tío no es Dios tienen que ser familia como mínimo.

Cuando todo parecía parado una mujer que rondaba los 70 años se levantó y subiéndose al atril se dispuso a leer un capítulo religioso, el que tocaba supongo.
Yo no se como va esto de ser cura, pero si una persona que ya está mayor y le cuesta hasta llegar al atril va a leer, yo sinceramente le digo que no hace falta y lo hago yo, que una cosa es tener monaguillo de quince años y otra una mujer de setenta.

Cuando terminó de leer, el cura se tomó dos minutos de sueño, dejándonos a todos en un silencio raro. Se levantó y continuó con la misa con su abotargada cara.
Con sorpresa pero sin asombro, veo que otra mujer mayor, esta vez de unos 65 años, se levanta de su banco para ofrecerle al cura el vino y un trapo con el que limpiarse, que el cura dejó después en el brazo de la anciana como si fuera un perchero o algo semejante.

Claro, como la de 70 no puede con tanto tiene suplentes. Esta jugaba de defensa central que está más mayor y corre menos, y la primera era la medio centro izquierda lo menos.

Mi asombro no creció hasta que una tercera mujer mayor que pasaba el cepillo para las donaciones (esto no se les olvida, esta era la delantero centro, la que te mete los goles) y terminó de crecer cuando el cura a los cuatro segundos de decir su última palabra salía por una puerta lateral para no aparecer más. Y eso que la misa duraba solo veinte minutos y cinco de ellos estuvo durmiendo.

Me vienen muchas cosas a la cabeza que decir, por ejemplo que una persona, antes de ser cura, bombero o electricista, es persona, y digan lo que digan los protocolos, ser buena persona está antes, y no creo que tener mujeres de 65 años danzando sea lo correcto, sin contar que si el cura se moviera quizás adelgazaba algo.

También decir que si Dios es tal cual lo pinta la Iglesia, no creo que aprobara las mujeres mayores haciendo esas cosas, la "meditación" durmiendo del cura y la eterna presencia del cepillo. Y eso de que el cura beba vino... ¿No era aquí donde se repartían panes y peces? ¿O solo era para los curas?

Y para terminar, un gran beso a Zacarías, que esté donde esté estoy seguro que apoya mis palabras, y le dieron tantas ganas como a mí de cagarse en la cara del cura de carrillos rojos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario